Nuestra Señora del Buen Suceso
Nuestra Señora del Buen Suceso se refiere a una devoción mariana que comenzó a principios del siglo XVII en Quito, Ecuador, a través de las visiones de la Madre Mariana de Jesús Torres, una monja concepcionista española. Según su testimonio, la Santísima Virgen María se le apareció bajo este título a partir de 1594, solicitando que se hiciera y venerara una estatua. La devoción enfatiza la confianza en la providencia de Dios y la guía maternal de María, especialmente en tiempos de oscuridad espiritual y confusión.

En estas apariciones, Nuestra Señora habló proféticamente sobre una futura crisis en la Iglesia, particularmente un debilitamiento de la fe, la moral y las vocaciones sacerdotales en los siglos XIX y XX. Advirtió sobre la impureza generalizada, la pérdida de la inocencia entre los jóvenes y los ataques a los sacramentos, al tiempo que aseguró que Dios nunca abandonaría a Su pueblo. Estos mensajes son a menudo entendidos por los católicos como un llamado a la vigilancia, la oración y la fidelidad a la auténtica enseñanza de la Iglesia.
Nuestra Señora del Buen Suceso puso especial énfasis en la reparación, la devoción al Santísimo Sacramento y la oración por los sacerdotes. Ella pidió que se ofrecieran sacrificios para consolar el Corazón de su Hijo y su propio Corazón Inmaculado, especialmente por los pecados cometidos contra la pureza y la reverencia. El título "Buen Suceso" no se refiere al logro mundano, sino al éxito final del plan de Dios, logrado a través de la humildad, la obediencia y la perseverancia en la gracia.
La devoción fue aprobada oficialmente por las autoridades eclesiásticas locales en Quito, y la estatua solicitada por Nuestra Señora todavía se venera hoy en el Convento de la Inmaculada Concepción. Para muchos fieles, Nuestra Señora del Buen Suceso es un recordatorio de que, incluso en medio de pruebas y sufrimientos, la victoria de Dios está asegurada. María se presenta como una madre que prepara a sus hijos para tiempos difíciles mientras los guía con esperanza hacia Cristo, quien es la verdadera fuente de todo buen éxito.